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Francisco Javier Argeñal: el rostro de la meteorología científica de Honduras

hondurastrascenden8
hace 11 minutos
7 min de lectura

El director de CENAOS demuestra que el destino se labra con matemáticas, resiliencia y una fe inquebrantable en la educación.

Tegucigalpa. Estuvo a punto de ser sacerdote, pero de la mano de la rebeldía de la adolescencia se alejó del seminario; quiso ser técnico en electrónica, pero una reforma en el plan de estudios lo dejó sin beca. El destino parecía empeñado en cerrar las puertas de Francisco Javier Argeñal Pinto, hasta que en 1983 una plaza como observador meteorológico le abrió una ventana al universo de la física.


Afrontando la resistencia de jefes que veían en la educación una amenaza, Argeñal batalló hasta llegar a la Universidad de Costa Rica, a través de oportunidades que ofrecía la Organización Meteorológica Mundial convirtiéndose en físico puro y meteorólogo que hoy comanda las alertas climáticas de Honduras en CENAOS.


Su rigurosa preparación en física atmosférica le ha permitido formarse al más alto nivel internacional en áreas críticas como la modelación meteorológica y el cambio climático. Esta sólida base científica lo llevó a convertirse en coautor de diversos artículos en prestigiosas revistas científicas internacionales, colaborando mano a mano con investigadores y académicos globales de primer nivel.


Su contribución más destacada en el plano global se encuentra en la documentación histórica del calentamiento global.


Argeñal resaltó haber participado de manera directa como coautor del primer capítulo del informe Impacto del Cambio Climático en las Américas.


Asimismo, dejó plasmada su firma en la histórica I Comunicación de Cambio Climático impulsada a través del prestigioso Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el órgano de las Naciones Unidas encargado de evaluar la ciencia relacionada con este fenómeno planetario.


Niñez entre juegos y una familia numerosa

Francisco nació el 13 de marzo de 1962 en el Hospital del Sur. Creció en el emblemático barrio de La Libertad, en Choluteca, en el seno de una familia tan numerosa como trabajadora.

"Yo vengo de una familia muy grande", recordó.


"Mi mamá tuvo diez partos. Yo soy el penúltimo de los hijos. Lamentablemente, uno de mis hermanos mayores falleció de pequeño al caerse de una mesa y no ser atendido de inmediato. Al final fuimos nueve hermanos los que crecimos, y ahorita ya solo quedamos seis".


A pesar de las limitaciones económicas de la época, describe su infancia como un periodo

privilegiado. Una época donde la creatividad sustituía a la tecnología.


"Tuvimos una niñez que nos llevaba a alcanzar las cosas que te satisfacen por mérito propio. Jugábamos con lodo o con jícaros; les poníamos palitos y formábamos nuestro propio hato ganadero", sonríe.


La disciplina se forjó temprano. Para estudiar en la Escuela Dionisio Guerrero, Francisco y sus hermanos debían caminar un kilómetro de ida y otro de regreso, bajo el inclemente sol sureño, tanto en la mañana como en la tarde.


El ejemplo de sus padres fue su mayor escuela. Su padre, Amado Argeñal Palma, nacido en 1915 y quien alcanzó la asombrosa edad de 101 años, logró convertirse en profesor de educación primaria en la aldea La Guaruma (Concepción de María) contando apenas con un quinto grado de escolaridad.


Y su madre, Lucila Emperatriz Pinto, era el motor del hogar: una mujer sumamente emprendedora que sostenía un puesto en el mercado local y a quien le tocó lidiar sola con la crianza de los hijos mayores cuando su esposo tuvo que viajar a El Salvador. Mientras crecían, los hermanos Argeñal trabajaban sin descanso en una empresa familiar de procesamiento, destazo y comercialización de carne de cerdo en establecimientos comerciales y el mercado de Choluteca.


El ímpetu de la juventud: De la sotana a la Cervecería

El deseo de superación llevó a Francisco a tomar decisiones audaces desde muy joven. Fascinado por las motocicletas y apasionado por el baloncesto, también sintió una profunda vocación religiosa.


A los 13 años, tras terminar la primaria, habló con el párroco de la iglesia San José Obrero, pues había experimentado el llamado al servicio de Dios y la iglesia Católica. Gracias a ese empuje, consiguió una beca para ingresar al Seminario Menor San José, ubicado en el barrio Casamata de Tegucigalpa.


"El primer año lo hicimos internos bajo la rectoría del obispo Guido Chearbunot. Pero al segundo año se fundaron otros seminarios y solo nos quedamos tres alumnos en Tegucigalpa. Ya no podían traer profesores de fuera para solo tres personas, así que nos mandaron a estudiar al Instituto Salesiano San Miguel".


La rebeldía propia de la adolescencia tocó a su puerta. Disconformes con las estrictas exigencias, Francisco y sus compañeros comenzaron a portarse mal deliberadamente para demostrar "falta de vocación". Aunque su guía espiritual, el padre Juan Pablo, intentó defenderlo, Francisco regresó a Choluteca.


A los 16 años, impulsado por el deseo de tener su propio dinero para las fiestas navideñas y comprarse sus "estrenos", cometió una pequeña osadía: consiguió trabajo en la Cervecería utilizando documentos falsos, evadiendo la prohibición legal de aquel momento de contratar menores de edad.


Su pasión por las matemáticas

Francisco sabía que su futuro estaba en la academia. Regresó a Tegucigalpa becado en el Instituto Técnico Luis Bográn con la ilusión de estudiar electrónica. Sin embargo, una reforma curricular lo obligó a matricularse en electricidad. Al no ser lo que le apasionaba, se volvió un estudiante irregular y perdió la beca. De vuelta a Choluteca, alternó el trabajo en la Cervecería con un puesto como técnico de catastro en la Alcaldía, mientras lograba finalmente graduarse de bachiller.


Su meta final era la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Quería estudiar Ingeniería Electrónica, pero al no existir la carrera en el país, optó por Ingeniería Eléctrica. Sin embargo, debía laborar para sostenerse y así, en 1983 ingresó a trabajar como observador en el Servicio Meteorológico Nacional de Honduras.


Allí comenzó una verdadera odisea laboral. Para asegurar una plaza permanente en Tegucigalpa que le permitiera estudiar Francisco aceptó cubrir vacaciones en el interior del país durante seis meses sin viáticos. No obstante, las intrigas institucionales cambiaron sus planes: fue enviado a Amapala y luego surgieron bloqueos internos.


"Meteorología fue asumida por un grupo de personas que no tenían un buen grado de escolaridad. Ellos miraban a la gente que quería estudiar como un enemigo y trataban de obstaculizar el proceso educativo. No querían darme el traslado a la capital", relata con seriedad.


Pero Francisco no se rindió. "Peleando y peleando", logró negociar un traslado a La Ceiba. Su afinidad innata con la física y las matemáticas pronto le abriría la puerta de su verdadera vocación.


Convertirse en un físico atmosférico

En La Ceiba aprovechó un curso de seis meses para asistente de pronóstico. Fue allí donde su destino cambió drásticamente al conocer a un profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR), quien le habló de las becas de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).


Para optar al beneficio, la OMM le exigió un requisito estricto: aprobar las materias Cálculo II y Física II. El reto era enorme, pues la meteorología a nivel universitario no es mera observación empírica: es física pura.


"Un meteorólogo universitario es un físico atmosférico", explica Francisco con pasión. "Uno se encarga de estudiar los movimientos de la atmósfera que se basan en las distintas fuerzas que ejercen sobre la capa gaseosa que envuelve la Tierra. Hay que tener el nivel matemático de un físico".


En 1990, ya casado, Francisco partió hacia la Universidad de Costa Rica. Entre 1990 y 1993 obtuvo su bachillerato en meteorología, regresó a Honduras y volvió a Costa Rica en 1995 para culminar su licenciatura. Su paso por la UCR fue tan brillante que, tras cursar asignaturas de altísima complejidad como Mecánica Cuántica I y II, y Electromagnetismo II, egresó también con las competencias de un Físico Puro.


A su regreso, compartió sus conocimientos con las nuevas generaciones, impartiendo clases de física en la Universidad José Cecilio del Valle, física médica y biofísica en la UNAH, y cátedras en la Universidad Politécnica de Ingeniería (UPI).


Marlene y sus cuatro hijos

Detrás del científico, se encuentra el hombre de familia cuya estabilidad y fuerza nacen del hogar.


"Mi esposa se llama Marlene de la Cruz Corea Bustillo, es originaria de Alianza, Valle, y nos conocimos cuando ambos éramos estudiantes", compartió.


Junto a ella construyó su más grande orgullo: sus cuatro hijos, Rudy Javier, Francisco Javier, Carlos Fernando y José Alberto Argeñal Corea. Ellos, junto a sus cuatro nietos—tres varones y una niña—, se convirtieron en el verdadero motor de su existencia.


"Ellos han sido mi motivo de lucha, la razón detrás de cada una de mis metas y la fuerza para cuidarme en salud", confiesa emocionado.


El día que venció a la muerte: La batalla en el IHSS

Ese cuidado por la salud cobró un significado drástico en los últimos años. El 3 de febrero de 2022, afectado por el virus del COVID 19, precisamente el día de la Virgen de Suyapa, Francisco Argeñal cruzó las puertas del Hospital de Especialidades del IHSS en La Granja, para librar una de las batallas más feroces de su vida.


Por espacio de 23 días, luchó por su vida, enfrentándose a diversos dilemas en especial que cosas le quedarían pendiente si no sobrevivía, pero Dios le concedió mas tiempo en la tierra.


"Salí con un chimbo de oxígeno al lado. Fue una de las experiencias más difíciles que me ha tocado enfrentar; en esos momentos de gravedad, uno inevitablemente piensa en lo que no ha hecho y en lo que todavía no ha alcanzado", reflexionó.


Hoy, con una resiliencia admirable, celebra el milagro de la recuperación: "En la actualidad, gracias a Dios, ya puedo realizar un poco de ejercicio suave".


La pasión por las dos ruedas

Ese instinto de supervivencia también se refleja en su pasión por la adrenalina y la velocidad. A pesar de los riesgos, Argeñal nunca abandonó su fascinación por las motocicletas.


"Aprendí a manejar moto a los 14 años y, de hecho, tuve un accidente fuerte en 1981", recordó. Sin embargo, el temor no lo frenó.


Una de sus grandes satisfacciones personales recientes fue, precisamente, cumplir el anhelo de comprarse una motocicleta grande, aunque no del tamaño que aun quiere, un gusto que disfruta con la misma libertad con la que desafía los mapas del tiempo.


Al frente de CENAOS

El prestigio internacional de Francisco Javier Argeñal creció exponencialmente. Se especializó en modelación meteorológica y cambio climático, convirtiéndose en coautor del primer capítulo del Impacto del Cambio Climático en las Américas y participando en la primera comunicación del prestigioso Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC).


A nivel nacional, tras liderar durante ocho años el proyecto de protección de la capa de ozono en la Secretaría de Ambiente, regresó a meteorología. En 2014, COPECO lo invitó a incorporarse para interpretar datos y manejar radares y estaciones que nadie más sabía utilizar. Finalmente, bajo la gestión del ministro Max González, el servicio meteorológico fue reestructurado y Francisco fue promovido a director general de CENAOS.


Hoy, Argeñal tiene a su cargo a unas 40 personas. Su gestión se ha caracterizado por un salto de calidad inmenso, logrando la contratación de jóvenes profesionales universitarios y modernizando la institución.


Desde este puesto público se ha trazado como meta "Queremos fortalecer la capacidad profesional, de manera que el pronóstico que emite CENAOS esté por encima de cualquier pronóstico empírico o falso que salga en las redes sociales. Honduras merece ciencia de primer nivel".


Francisco Javier Argeñal Pinto es el reflejo de que las tormentas de la vida no se evitan: se estudian, se enfrentan y se vencen con educación, rectitud y una voluntad inquebrantable.

 
 
 

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