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Fátima Erazo: determinada a triunfar abrió guardería en Boston, Estados Unidos

Es maestra en educación temprana, certificada por el Estado de Massachusetts, Estados Unidos. Además de contar con una certificación en primeros auxilios y RCP, más una credencial en Desarrollo Infantil válida para todo el país.

En Honduras trabajó en tres instituciones bancarias, desempeñándose en las áreas de caja, préstamos, atención al cliente y contabilidad.



Tegucigalpa. Venció el miedo a fracasar, y superó barreras que nunca pensó encontrar al viajar a los Estados Unidos, pero en el camino aprendió que la perseverancia la llevaría a triunfar.

Hoy es la propietaria de la guardería “Fatima´s Family Child Care” institución que funciona desde hace 15 años en Boston, Massachusetts.

Su nombre: Fátima Leticia Erazo de Peñaflor, hondureña que con esfuerzo alcanzó una certificación en primeros auxilios y RCP, más una credencial en Desarrollo Infantil válida para todo el país.

Pero su título más importante por el trabajo que desempeña es el de maestra en educación temprana, certificada por el Estado de Massachusetts, Estados Unidos.

“Estoy orgullosa de todo lo que he logrado, y seguiré estudiando hasta lograr mi licenciatura en psicología infantil”, expresó.

Todos estos títulos son ajenos a la profesión y la experiencia que mantenía en Honduras, ya que en suelo catracho laboró con éxito en tres instituciones bancarias, desempeñándose en las áreas de caja, préstamos, atención al cliente y contabilidad.

Aprendizaje de migrante


Viajó desde Tegucigalpa hacia Los Ángeles, California, de manera legal, en un vuelo que costeó sin problemas, imaginando que el futuro inmediato estaría resuelto para ella y su primogénito.

En casa de tierras hondureñas quedaba su más grande amor, su hijo André, a quien le tocó dejar confiando en que en un tiempo no muy lejano volvería a tenerlo entre sus brazos.


De este inolvidable vuelo han pasado 25 años. Me vine a Estados Unidos porque era madre soltera y pensé que iba a tener una mejor vida, pero cuando llegué no era como pensé, hasta la comida no me gustaba”.

Seis meses bastaron para Fátima palpara la realidad a la que se enfrenta un migrante en los Estados Unidos, la vida donde las lágrimas forman parte del triste recuerdo que dejaron sus inicios en el extranjero.

Su primera oportunidad de trabajo, en el país del norte, surgió en el negocio de uno de sus hermanos como recepcionista, y cuando pensaba que comenzaba a adaptarse surgieron diferencias con su cuñada.

Sin embargo, eso no le impedía asistir por las noches a clases de inglés y los fines de semana trabajaba en una tienda, de vestidos de novia, bautizos y primeras comuniones, que los propietarios eran mexicanos, y que aunque ganaba poco sumaba para costear sus gastos.

“En la tienda me pagaban poco, mi única alegría era cuando iba a la escuela donde recibía las clases de inglés, porque allí conocí a personas muy buenas entre ellas a otra hondureña con quien nos hicimos muy amigas”.

Su amiga fue su ángel

Mientras el tiempo avanzaba, de un momento a otro su hermano tomó la decisión de enviar a Fátima de regreso a Honduras, pues consideraba que era mejor que se retornara a su país.

“De un día para otro mi hermano me entregó el pasaje aéreo, ese día me fui a la escuela muy preocupada” y le contó a su amiga hondureña lo que estaba pasando “le dije del día y la hora en que me iría”.

El día programado en su boleto aéreo del retorno a su tierra natal llegó, no había ninguna esperanza, ni plan para quedarse, y fue su hermano quien la llevó hasta el aeropuerto en horas de la noche “y como él tenía que madrugar, le dije que se fuera, que yo me quedaba allí esperando el momento de abordar”.

Nadie esperaba lo contrario y su hermano se fue sin imaginar que la amiga hondureña llegaría para convencerla de quedarse “ella llegó y me dijo: no se vaya, quédese, como se va para Honduras derrotada, sin trabajo y sin dinero”.

“Mi respuesta fue, pero como me voy a quedar, dónde voy a vivir, no tengo más familia aquí. Y me contestó, quédese conmigo”.

Era una decisión difícil que debía tomar, pero que ahora no se arrepiente de haber aceptado. “Viví con ella tres meses, y después me vine a Boston, porque otra de mis hermanas se vino a vivir acá”.

Un lugar de amor para los niños


Ya estando más adaptada a la vida en Boston encontró trabajo en una lavandería de un hotel, luego en una tienda y después en una cafetería.

Luego se casó con su amoroso esposo Miller Peñaflor, de origen filipino, pero nacido en Long Beach, California, y con esta unión nace su segunda hija con quien experimentó momentos difíciles luego de dejarla en guarderías.

“Una vez mi hija presentó quemaduras porque no le cambiaban el pañal durante todo el día, siempre la encontraba llorando”, esos momentos de sufrimiento al no encontrar un lugar donde su pequeña recibiera la atención debida la llevó a abrir su propia guardería.

“Al principio lo dudé, porque lo miraba muy difícil y también se me hacía mucha responsabilidad cuidar los hijos de otras personas, pero al fin decidí llamar para recibir las clases y solicitar las inspecciones para obtener mi licencia”.

Desde la apertura de su establecimiento infantil han transcurrido 15 años, ofreciendo a los niños un espacio para que crezcan felices, sanos, independientes y responsables.

“Con el amor necesario para que tengan éxito en las estrategias lógicas de la vida de los niños, que sus habilidades crezcan a través de sus errores y aprendan de sus consecuencias, todo en un ambiente solidario y amoroso”.

Los pequeños que recibe al egresar de su centro muestran un cambio significativo desde su comportamiento “tengo un niño que tenía dificultad para enfocarse, era agresivo y con dificultad para hablar, le diagnosticaron autismo, y ahora es el más inteligente y súper bien portado de mi programa”.

La jornada educativa inicia a las 7:00 de la mañana, por lo que su día inicia una hora y media antes, tiempo que aprovecha para prepararse para el día laboral y para dedicar unos minutos a la oración a Dios.

Los niños permanecen todo el día bajo su cuidado ya que hasta las 5:00 de la tarde regresan a sus casas, durante todo ese tiempo “yo los abrazo, les canto y les leo, y los observo todo el tiempo y mientras juegan veo cada nuevo logro”.

En esos tiempos de juego Fátima trata de preparar a los pequeños para ir a la escuela, “hago que su transición sea mejor, entiendo su idioma y los escucho con interés”.

“Cuando vienen a mí en busca de consuelo, los abrazo con amor y les secó sus lágrimas, les enseño a llevarse bien entre ellos y a saber compartir”.

“Y cuando me muestran con orgullo su trabajo, los aplaudo con euforia. No soy su madre, pero mi papel es igual y también sé que cada niño que he cuidado estará siempre en mi corazón”.

Su mejor reconocimiento


De acuerdo con la docente infantil no hay mejor reconocimiento para ella como el que recibe en ocasiones cuando a lo lejos escucha que un exalumno le grita !Fátimaaa!.

“Y miro a un adolescente que viene corriendo a abrazarme, un niño o niña que ha pasado por mi Nursery, y que me digan que nunca me olvidan y que les va bien en la escuela”.

Las madres de los niños que cuida o ha cuidado la olanchana también le muestran su admiración y agradecimiento como sucedió con Rosario Flores, quien aseguró que dejó en la guardería a su pequeño Aaron Matheu Flores desde los tres meses.

“Fátima es extraordinaria, desempeña el cuidado de los niños por vocación. Mi hijo ya está en kínder y no tuvo problemas porque ya se había formado en la guardería”, dijo.

Sus hijos su inspiración


Son tres hijos los que cargó en su vientre, los tres retoños que forman parte de su hermosa familia de la cual se siente orgullosa y les describe como los mejores.

“André mi primogénito, juega fútbol, es muy trabajador, humilde, leal y honesto, y es muy bueno para la tecnología y fue lo mejor que hice al traerlo a este país para una mejor oportunidad de escuela, el ama su familia, y cuida a sus hermanos pequeños”.

Su segunda hija se llama Carolina quien vive y estudia en Madrid, España “ella se gradúa en 2023 en la carrera de ciencias políticas, toca el violín, fue animadora desde los cinco años hasta la High School (secundaria).

El pequeño de la familia es Adam, juega fútbol americano y básquetbol desde los cinco años. “Es un niño con honores, tiene muchas habilidades para los negocios, el compra tenis, celulares los repara y los revende”.

Por su parte, su entregado esposo es su más grande apoyo “con él me siento segura y amada, es una persona que cuando estás con él sientes que eres lo más importante del universo, es cariñoso, caballero para nada machista y te deja ser tú misma, sin egoísmo”.

Además aseguró sentirse bendecida de haberlo conocido, ya que a pesar de ser tan diferentes por sus culturas y creencias “Dios nos juntó, cuando nos conocimos él no hablaba nada de español y yo nada de inglés, solo lo básico, pero el amor y la fe hizo nuestra relación fuerte”.

Olanchana


Nació en una familia numerosa, originaria de uno de los municipios de la parte central del departamento de Olancho: San Francisco de La Paz.

Su niñez, considerada por ella como la mejor etapa de su vida, transcurrió entre las ocupaciones propias del campo, las celebraciones familiares, los juegos por entre los árboles y los infaltables baños en las aguas de los ríos cercanos.

“Fueron momentos lindos e inolvidables, no necesitábamos tanto, siempre encontrábamos formas de divertirnos, como subirnos a los árboles para comer ciruelas o mangos o jugar juegos imaginarios”.

Son los recuerdos de su tierra natal, “lo más bello, con gente cálida y amable”, el lugar donde cursó sus primeros años de estudio y donde participó como una de las palillonas que le rendían homenaje a la patria al llegar el 15 de septiembre de cada año.

Esa misma localidad que recorría sola sin problemas, pues no había peligro, ya que todos sus habitantes se conocían y desde donde partió a la capital siendo una jovencita para cursar la carrera de Perito Mercantil y Contador Público y después ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras-UNAH donde logró cursar varias clases de carrera de Psicología.

Tiene seis hermanos, fruto de la unión de su padre Adán Arturo Erazo (Q.D.D.G) y su madre Marta Ofelia Miralda Cano de Erazo.

El padre de Fátima fue alcalde por dos períodos en San Francisco de la Paz, y su mamá fue gerente de una cooperativa cafetalera, trabajó en el Centro de Salud y también fungió como maestra.

De sus progenitores y su comunidad aprendió el valor de la solidaridad “allá la gente es muy generosa y servicial”.

También lleva consigo la perseverancia y la paciencia además de siempre recordar que “hay que tratar a las personas como queremos que nos traten”.

La cita


“Porque Dios me eligió a mí para trabajar con niños, aún no lo sé, pero estoy tan agradecida y bendecida porque me enseñó a ser paciente y a tenerle amor al prójimo, sin importar raza, o estatus social”.


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