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La fuerza de la mujer hondureña hecha monumento: el arte inquebrantable de la escultora Helen Yolani Zapata Ramos

  • hondurastrascenden8
  • hace 7 minutos
  • 4 min de lectura

De competir en concursos de dibujo infantiles a brillar consecutivamente en las Bienales del IHCI: descubra cómo la herencia minera de San Juancito, el misticismo de la montaña y el recuerdo de su abuelo guían las manos y el corazón de la destacada artista nacional.

 

Tegucigalpa. La ciudad de Tegucigalpa la vio nacer el 21 de abril de 1998, pero sus raíces palpitan con fuerza en la herencia minera y el misticismo montañoso de San Juancito, el pueblo donde ha transcurrido su vida.

 

Hoy, Helen Yolani Zapata Ramos es una de las voces más potentes, audaces y prometedoras de la escultura monumental en Honduras. Es una mujer llena de sueños propios que, paradójicamente, encuentra su paz tanto en la quietud de la naturaleza como en la adrenalina de los deportes extremos: el parapente, el canopy, el paracaidismo y las motocicletas son solo el reflejo de un alma que se niega a conocer los límites.

 

Sus primeros pasos en el arte quedaron grabados como recuerdos hermosos en la Escuela Rural Mixta Nuevo Rosario, donde gracias al ojo clínico y apoyo de su maestra, Tania Méndez, una pequeña Helen comenzó a competir en concursos de dibujo en la Villa de San Francisco y Valle de Ángeles.

 

"De niña siempre soñé con hacer algún tipo de arte donde las personas se puedan sentir identificadas", confesó.

 

Aunque cursó dos valiosos años en la Escuela Nacional de Bellas Artes, su verdadera revelación llegó cuando el destino la cruzó con la Escuela Municipal de Arte de Cantarranas (EMACAN) y después llego su mayor aprendizaje y desarrollo en el Taller Sindamanoy. En casa no tenía el espacio ni las herramientas para el trabajo pesado, pero al encontrar los bloques de roca en Cantarranas, ocurrió el flechazo definitivo: "Fue ahí donde dije: de aquí soy, esta es mi vida. Y desde que agarré ese cincel y esa almádana, no he dejado de crear".

 

Para ella, la felicidad radica en la libertad absoluta de crear y transmitir. Aunque el lienzo y el color logran evocar emociones según se interprete cada matiz, ella prefiere la tridimensionalidad.

 

La escultura invita a los niños y a los adultos a interactuar, a tocar, a vivir la obra y recorrerla desde varios puntos de vista. Sin embargo, el verdadero milagro artístico de Helen sucede en la intimidad: En los momentos de silencio absoluto, cuando el cincel golpea la piedra y no hay público alrededor.

 

Esos momentos son “como si pasaran todos los recuerdos por mi mente, desde aquella niña que veía una escultura y soñaba con escuchar su nombre diciendo 'es una obra de Helen Zapata'. Cada golpe en el cincel es un latido de emoción en mi corazón".

 

Derribando muros de género en la escultura

 

A la fecha, Helen ha heredado a Honduras tres imponentes esculturas monumentales participando en Simposios —con alturas que oscilan entre los 2.20 y los 3 metros—, además de múltiples piezas de menor formato.

 

Además, su talento la ha llevado a realizar intercambios culturales en El Salvador, Guatemala y Colombia, experiencias que le han enseñado que, si bien en el extranjero existen materiales más accesibles, en Honduras sobra la genialidad para crear cosas impresionantes con lo que se tiene a mano.

 

Asimismo, su excelencia ha sido respaldada por la crítica nacional al ser seleccionada para participar de manera consecutiva en las prestigiosas XIX y XX Bienales de Escultura y Cerámica del IHCI.

 

Su evolución técnica no se detiene. Domina la talla directa en piedra —su gran pasión—, la resina con fibra de vidrio y el barro.

 

Recientemente, en el Simposio de Ferrocemento de Talanga, superó uno de sus mayores desafíos al enfrentarse por primera vez al ferrocemento, una técnica desconocida para ella pero que le permitió moldear el metal con una libertad de curvas que en la piedra habría sido imposible.

 

Consolidación de una artista

Todo este conocimiento se ha consolidado gracias a su valioso trabajo en la Casa Taller Sindamanoy, un espacio que le abrió las puertas a un universo de nuevas materialidades.

 

Más allá del esfuerzo físico, la batalla más grande de Helen ha sido contra los prejuicios sociales. La escultura monumental ha sido históricamente tildada como una labor exclusiva para hombres debido a la rudeza de las herramientas de presión, las pulidoras y el peso de las piedras.

 

Helen esculpe con el firme propósito de plasmar la fuerza, la sensibilidad y las vivencias de la mujer hondureña en la rigidez de los materiales, buscando borrar de golpe la frase "no creemos que esto lo haya hecho una mujer".

 

Para ella, las perspectivas cerradas de la sociedad son solo obstáculos temporales: "Las barreras son para saltarlas, no para detenerse; son para coger impulso. No hay trabajo con género, sino simplemente hacer lo que amamos. En Honduras hay varias mujeres escultoras que son extraordinarias y de ellas deberíamos aprender".

 

Homenaje a su abuelo

El motor que hoy mueve sus herramientas es el deseo de rendir homenaje a su abuelo y a la época minera que vivió su familia en Francisco Morazán.

 

Aunque ha viajado y expuesto en grandes galerías, el sueño que aún le quita el sueño es realizar proyectos de gran envergadura para Nuevo Rosario y San Juancito; dejar su huella eterna precisamente allí, con las personas que compraban sus camisas pintadas a mano cuando apenas "gateaba" en el arte.

 

Con la mirada fija en el futuro, la connotada artista comparte un mensaje poderoso para las jóvenes que sienten el llamado del arte: "Si les gusta, no se detengan. No hay trabajo más gratificante que hacer lo que nos gusta y transmitir emociones. Sin el arte nada tendría sentido, porque es ahí donde inmortalizamos momentos, etapas, sueños y emociones. El arte nos hace inmortales".

 


 
 
 

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